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Crónica
Túpac Amaru II: cuando los Andes se levantaron contra el poder colonial
Antes de que existiera la República, los pueblos indígenas ya habían puesto en cuestión el orden colonial. En 1780, desde el sur andino, una insurrección encabezada por José Gabriel Condorcanqui sacudió los cimientos del dominio español. No fue solamente una rebelión contra los abusos de los corregidores: fue una confrontación contra un sistema de explotación que llevaba siglos imponiéndose sobre las poblaciones originarias.
Cusco, noviembre de 1780.- El 4 de noviembre, en Tungasuca, la historia comenzó a cambiar de dirección. José Gabriel Condorcanqui, cacique de Surimana, Pampamarca y Tungasuca, hizo capturar al corregidor Antonio de Arriaga. Seis días después, el funcionario colonial fue ejecutado. Lo que parecía un ajuste de cuentas contra una autoridad abusiva se convirtió en el comienzo de una de las mayores insurrecciones anticoloniales de América. Detrás de aquel levantamiento estaban el rechazo a los repartos forzosos de mercancías, los tributos, la mita y los abusos del aparato colonial. No era una protesta aislada: era el hartazgo acumulado de pueblos sometidos a un orden que extraía su trabajo y sus recursos.
Pero aquella rebelión tenía algo más que indignación. Tenía organización, una conducción política y una propuesta que buscaba ampliar sus alianzas. Condorcanqui asumió el nombre de Túpac Amaru II, reivindicando su vínculo con la memoria de los incas. Su convocatoria no se limitó a los indígenas: buscó incorporar a mestizos, negros, criollos y sectores que rechazaban los abusos de las autoridades españolas. La rebelión pretendía construir una fuerza capaz de disputar el poder colonial, aunque las diferencias sociales y los intereses de sus posibles aliados terminarían convirtiéndose en uno de sus principales obstáculos.
El 16 de noviembre, Túpac Amaru promulgó el Bando de Libertad de los Esclavos. El documento ofrecía libertad a las personas esclavizadas que se sumaran a la causa rebelde y convocaba a los habitantes del territorio a enfrentar los abusos de los europeos. Fue una declaración de enorme alcance político para su tiempo, aunque no debe confundirse con la abolición efectiva y general de la esclavitud en los dominios españoles. Dos días después, el 18 de noviembre, las fuerzas insurgentes derrotaron a las tropas realistas en Sangarará. La victoria demostró que el ejército colonial podía ser vencido y multiplicó las expectativas de quienes veían en la insurrección una oportunidad para cambiar el orden establecido.
En aquella guerra, sin embargo, no todo se decidía en el campo de batalla. Micaela Bastidas, esposa de Túpac Amaru, desempeñó un papel político y militar fundamental. Organizó comunicaciones, movilizó recursos, coordinó abastecimientos y transmitió órdenes a los pueblos comprometidos con la insurrección. Los documentos coloniales que intentaron acusarla también dejaron constancia de su autoridad y capacidad de dirección. No fue una acompañante del líder rebelde: fue una protagonista de la conducción de la guerra. Y cuando llegó el momento de avanzar sobre Cusco, defendió una acción inmediata. Túpac Amaru optó por no tomar la ciudad en ese momento, una decisión que permitió a los realistas reorganizar sus defensas y recibir refuerzos desde Lima.
Cusco era mucho más que una ciudad. Era el centro político, religioso y administrativo del poder colonial en el sur andino. Su control podía modificar el curso de la rebelión. A comienzos de 1781, las fuerzas insurgentes intentaron cercarla, pero no consiguieron someterla. Las autoridades españolas aprovecharon el tiempo para concentrar tropas, recursos y mandos militares. La guerra se extendió por territorios del sur andino y se volvió cada vez más difícil para los rebeldes, que enfrentaban un aparato colonial con mayores recursos y capacidad de movilización. La ventaja inicial comenzaba a convertirse en una lucha desigual.
En abril de 1781 llegó el golpe decisivo. Tras las derrotas militares y la persecución de las fuerzas realistas, Túpac Amaru II fue capturado en Langui el 7 de abril. Micaela Bastidas y sus hijos también cayeron en manos de las autoridades coloniales. La captura no fue solamente la caída de una familia rebelde: el poder español buscaba destruir la conducción política y militar de una insurrección que había puesto en cuestión su autoridad sobre los Andes. Los procesos judiciales se convirtieron en instrumentos de castigo y escarmiento contra quienes habían desafiado el orden virreinal.
El 18 de mayo de 1781, la plaza de Armas del Cusco fue convertida en escenario de una ejecución pública. Micaela Bastidas fue asesinada después de sufrir tormentos y su esposo fue conducido al suplicio. A Túpac Amaru le cortaron la lengua y ataron sus extremidades a cuatro caballos que debían tirar en direcciones opuestas. El intento de descuartizamiento no consiguió separar su cuerpo. Finalmente, por orden de las autoridades coloniales, fue decapitado y sus restos fueron descuartizados. La represión no terminó con su muerte: las cabezas y extremidades de los ejecutados fueron distribuidas en distintos pueblos vinculados a la rebelión para sembrar miedo y advertir a la población sobre el costo de desafiar al poder español. Plataforma del Estado Peruano+1
Pero el imperio había confundido el silenciamiento de sus dirigentes con la desaparición de la rebelión. Diego Cristóbal Túpac Amaru, primo del líder ejecutado, continuó la resistencia. En el Alto Perú, los levantamientos de Túpac Katari y otros dirigentes ampliaron la dimensión territorial de la lucha. La guerra se prolongó hasta 1783, cuando los principales focos insurgentes fueron sometidos después de años de enfrentamientos y negociaciones. La Corona respondió también con medidas destinadas a debilitar los símbolos de identidad indígena: restringió expresiones culturales vinculadas al pasado inca, la vestimenta tradicional y el prestigio público de las lenguas originarias. La persecución del quechua y de la memoria incaica formó parte de una política de control cultural que tuvo consecuencias duraderas.
La rebelión que no terminó en la plaza
La ejecución de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas permitió al poder colonial recuperar el control militar, pero no borrar las razones que habían provocado el levantamiento. La explotación, la desigualdad y la exclusión de los pueblos indígenas sobrevivieron a sus dirigentes. Décadas después, la independencia política del Perú tampoco significó la inmediata desaparición de esas estructuras. La Gran Rebelión dejó una advertencia histórica: ningún orden político puede considerarse legítimo cuando se sostiene sobre el sometimiento de los pueblos. Túpac Amaru fue derrotado, pero su nombre permaneció en la memoria de los Andes como símbolo de resistencia, dignidad y lucha contra la dominación.