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Internacional

El legado esperanzador de Petro: Colombia reduce pobreza, desempleo y amplía derechos

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Bogotá, 7 de agosto de 2026.– Gustavo Petro culmina hoy su mandato presidencial dejando un legado social que redefine el rumbo de Colombia. Con cifras históricas en reducción de pobreza, desempleo y expansión de derechos, su gobierno demostró que un Estado activo frente a la desigualdad no solo es posible, sino transformador. El primer mandatario de izquierda del país deja una nación con menos millones de colombianos en la indigencia y más oportunidades para quienes históricamente quedaron al margen.

Los números respaldan el cambio. La pobreza monetaria se redujo del 36,6 % en 2022 al 28 % en 2025, sacando a cerca de 1,8 millones de personas de esa condición en el último año medido. La extrema pobreza también cedió terreno hasta el 9,6 %. En el mercado laboral, el desempleo anual cerró en 8,9 % en 2025 —el nivel más bajo desde 2001— y en junio de 2026 alcanzó el 8 %, abriendo un horizonte de estabilidad que muchos colombianos no habían conocido en décadas.

La recuperación del ingreso laboral fue otro pilar fundamental. El salario mínimo ascendió de un millón a 1.423.500 pesos, mientras que la Ley 2466 de 2025 modernizó los derechos laborales al regular jornadas, recargos y contratos de aprendizaje. Estas reformas no solo mejoraron el bolsillo de los trabajadores, sino que sentaron las bases para una economía más inclusiva y con mayor formalidad en los años venideros.

En salud, el giro hacia la prevención marcó la diferencia. Con una inversión de 4,1 billones de pesos, el Gobierno desplegó 10.850 Equipos Básicos de Salud que atendieron a más de 5,5 millones de familias. El resultado fue una reducción de hasta el 55,5 % en la mortalidad por desnutrición, una cifra que traduce políticas públicas en vidas salvadas, especialmente en los territorios más vulnerables del país.

La educación superior dejó de ser un privilegio para convertirse en un derecho amplio. El Ministerio de Educación reportó 425.096 nuevos estudiantes en pregrados públicos, alcanzando el 85 % de la meta de 500.000 cupos. Con el 97 % de ellos cubiertos por la gratuidad, miles de jóvenes de sectores populares y regiones históricamente excluidas accedieron por primera vez a una carrera universitaria, rompiendo cadenas de reproducción de la pobreza.

El campo colombiano también vivió una transformación sin precedentes. Más de 2,28 millones de hectáreas fueron formalizadas y 351.000 entregadas a campesinos, mientras que 806.081 hectáreas se incorporaron al Fondo de Tierras. Este proceso de reforma agraria, el más ambicioso en décadas, devolvió esperanza a comunidades rurales que ahora ven en la tierra no solo un sustento, sino un proyecto de vida digna.

La protección social se extendió con fuerza hacia los adultos mayores. A través de Colombia Mayor, tres millones de personas en situación de vulnerabilidad comenzaron a recibir una transferencia de 230.000 pesos, un ingreso que, aunque no reemplaza una pensión contributiva, representa un colchón de dignidad para quienes construyeron el país sin seguridad social. Es el reconocimiento tangible de que nadie debe envejecer en la indigencia.

Más allá de las estadísticas, el gobierno de Petro logró un cambio cultural: instaló en el centro del debate nacional a los trabajadores informales, los campesinos, los jóvenes de bajos recursos y los territorios olvidados. La desigualdad, la redistribución y el rol del Estado como garante de derechos pasaron de ser discursos marginales a ejes de una agenda que ya no puede ignorarse. Colombia descubrió que otro modelo de desarrollo es posible.

Quedan, claro está, desafíos por delante: la consolidación de la paz, la sostenibilidad fiscal y la profundización del empleo formal requerirán años de esfuerzo colectivo. Pero la semilla está sembrada. El legado de estos cuatro años no se mide solo en puntos porcentuales; se mide en la esperanza de millones de colombianos que hoy miran el futuro con mayor optimismo. Y esa esperanza, en democracia, es el cambio más profundo de todos.

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Lula entra en la recta final en Brasil con una campaña centrada en soberanía, economía y defensa de la democracia

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Brasil, 27 de setiembre de 2027.- A una semana de las elecciones, el presidente busca un cuarto mandato frente a Flávio Bolsonaro. La disputa llega ajustada, mientras Lula refuerza su discurso contra la injerencia extranjera, reivindica sus políticas sociales y enfrenta una campaña marcada por la desinformación y la polarización.

Luiz Inácio Lula da Silva entra en la última semana de campaña para las elecciones presidenciales de Brasil con el objetivo de mantenerse al frente del Ejecutivo y obtener un cuarto mandato no consecutivo. El primer turno será el 4 de octubre, y una eventual segunda vuelta está prevista para el 25 de octubre, según el calendario oficial del Tribunal Superior Electoral (TSE). En total, 158,7 millones de electores están habilitados para votar.

El principal adversario de Lula es el senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), hijo del expresidente Jair Bolsonaro. La campaña llega a su tramo decisivo con ambos como los principales protagonistas de la disputa presidencial y con mediciones recientes que muestran diferencias reducidas dentro de los márgenes de error. Una encuesta Quaest y otra de BTG Pactual/Nexus, difundidas en septiembre, registraron escenarios de empate estadístico entre ambos para una eventual segunda vuelta.

Soberanía como bandera electoral

Uno de los principales ejes de la campaña de Lula es la soberanía nacional, un discurso que adquirió mayor peso después de las tensiones comerciales con Estados Unidos. El mandatario ha cuestionado cualquier presión externa sobre las decisiones económicas y políticas brasileñas y ha colocado la defensa de los recursos naturales y de la autonomía del país en el centro de sus intervenciones públicas.

El mensaje fue reiterado el 22 de septiembre durante su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York. Lula sostuvo que Brasil no aceptará interferencias externas en su proceso electoral y vinculó la defensa de la democracia con la soberanía nacional.

La estrategia también aparece en su discurso interno. Durante el mensaje por el Día de la Independencia, el presidente defendió la autonomía brasileña frente a intereses extranjeros y destacó recursos considerados estratégicos, entre ellos las tierras raras, el agua y el petróleo.

Políticas sociales en el centro

La campaña oficialista también busca convertir las políticas sociales en un argumento para la continuidad del gobierno. En septiembre, el Ejecutivo anunció un aumento de 15% en el beneficio mínimo del Bolsa Família, que pasó de 600 a 691 reales mensuales. La medida representa un gasto estimado de 5.800 millones de reales durante 2026 y 22.000 millones en 2027, según Reuters.

La decisión se produjo durante la campaña electoral y generó cuestionamientos desde el sector de Flávio Bolsonaro, que señaló el momento de la medida como electoralista. El gobierno, por su parte, sostiene que el incremento puede ejecutarse dentro de las asignaciones presupuestarias y sin incumplir las metas fiscales.

Otro asunto incorporado al tramo final de la campaña es la regulación de las apuestas digitales. El 25 de septiembre, Lula firmó una medida provisional que dispone el fin de la explotación, oferta, intermediación y publicidad de las denominadas bets en Brasil. La decisión fue defendida por el gobierno como una respuesta a un problema de salud pública y endeudamiento.

Desinformación y choque con el bolsonarismo

La campaña también se desarrolla en medio de una intensa disputa en redes sociales. La coalición Brasil Pronto Pra Mais, que respalda a Lula y al vicepresidente Geraldo Alckmin, llevó ante el TSE acciones contra Flávio Bolsonaro, el diputado Nikolas Ferreira y el PL por la difusión de contenidos que, según la campaña oficialista, manipularon declaraciones del presidente.

El escenario electoral está marcado además por una fuerte polarización. Mientras Lula presenta la elección como una disputa sobre democracia, soberanía y continuidad de políticas sociales, Flávio Bolsonaro concentra buena parte de su discurso en cuestionamientos al gobierno del PT y en temas vinculados con seguridad, corrupción y oposición al actual campo político gobernante.

Las encuestas de septiembre reflejan esa confrontación sin ofrecer, a una semana de la votación, un resultado definitivo. Un levantamiento Palver divulgado el 21 de septiembre registró 42% para Flávio Bolsonaro y 41% para Lula en un escenario de primer turno, dentro del margen de error. Otras mediciones han mostrado resultados diferentes, por lo que los sondeos deben interpretarse según su fecha, metodología y margen de error.

Lula acelera en la última semana

El último fin de semana antes del primer turno, Lula llevó la campaña a las calles con una caminata en la zona este de São Paulo. Allí volvió a defender la prohibición de las apuestas digitales, una de las decisiones recientes que busca incorporar al discurso electoral en la recta final.

La agenda internacional también se convirtió en parte de la campaña. Su presencia en Nueva York y el discurso ante Naciones Unidas permitieron al mandatario proyectar una imagen de defensa del multilateralismo, la soberanía y la democracia. Al mismo tiempo, sus intervenciones sobre las relaciones con Estados Unidos reflejan que la política exterior se ha incorporado directamente al debate electoral.

El antecedente de la candidatura

Lula fue oficializado como candidato presidencial por el PT el 2 de agosto de 2026, durante una convención en São Paulo. Su compañero de fórmula volvió a ser Geraldo Alckmin, del PSB, quien ya lo acompañó en la elección de 2022. La coalición Brasil Pronto Pra Mais quedó integrada por PT, PCdoB, PV, PSB, PDT, PSOL y Rede.

La elección representa la séptima candidatura presidencial de Lula. El dirigente comenzó su trayectoria electoral hacia la Presidencia en 1989, fue candidato nuevamente en 1994 y 1998, ganó las elecciones de 2002 y 2006 y regresó al poder en 2022. En 2026 busca prolongar nuevamente su ciclo político, esta vez en una contienda frente a Flávio Bolsonaro y otras diez candidaturas presidenciales registradas ante el TSE.

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Trump eleva la presión sobre América Latina y advierte que EE. UU. usará su poderío militar

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, elevó este martes 22 de septiembre el tono de su política hacia América Latina al advertir ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que Washington está dispuesto a emplear su poderío militar para defender sus intereses en cualquier punto del hemisferio occidental. La declaración fue formulada durante su intervención en la 81.ª sesión de la ONU.

Una advertencia dirigida a todo el hemisferio

“Estados Unidos ya no permitirá que las amenazas contra el país se afiancen en ningún lugar del continente americano”, afirmó Trump. Inmediatamente después sostuvo que, si fuera necesario, su Gobierno utilizará el “poderío militar” estadounidense para proteger los intereses nacionales de su país. La Casa Blanca presentó el mensaje como parte de una política destinada a reforzar la seguridad y la influencia estadounidense en el hemisferio occidental.

La advertencia adquiere especial relevancia porque no quedó limitada a un país específico. Trump habló de “cualquier lugar” del hemisferio y vinculó esa posición con la necesidad, según su Gobierno, de impedir que amenazas contra Estados Unidos consoliden posiciones en la región. El mandatario puso como referencia las operaciones militares estadounidenses desarrolladas durante este año en Venezuela.

Venezuela como precedente

Durante su discurso, Trump presentó la operación estadounidense del 3 de enero en Venezuela como una muestra de la disposición de Washington a utilizar la fuerza en la región. Según EFE, el mandatario mencionó esa intervención al explicar su advertencia ante la comunidad internacional.

La actuación en Venezuela ya había provocado cuestionamientos dentro de Naciones Unidas. En enero, la presidencia de la Asamblea General recordó que el artículo 2 de la Carta de la ONU establece que los Estados deben abstenerse de la amenaza o del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otros Estados.

«Carteles» y seguridad regional

Trump también vinculó su política hemisférica con la lucha contra los carteles de narcotráfico. En su discurso afirmó que su administración los considera organizaciones terroristas extranjeras y defendió el empleo de las Fuerzas Armadas estadounidenses contra estas estructuras. Reuters informó que el presidente calificó a los carteles como una amenaza comparable al Estado Islámico y planteó una respuesta regional coordinada.

La estrategia incluye la denominada Shield of the Americas, una coalición impulsada por Washington para coordinar acciones contra el narcotráfico y el crimen transnacional. Reuters señala que entre los países vinculados a esta iniciativa figuran Argentina, Ecuador, El Salvador, Colombia y Perú, mientras México y Brasil no forman parte de ella.

México, Cuba, Bolivia, Argentina, Perú y Venezuela en la mira

Presidentes alineados a Donald Trump

En su intervención ante la ONU, Trump también dirigió críticas contra los gobiernos de México y Cuba y reiteró su postura frente a Venezuela. En el caso cubano, afirmó que el régimen de La Habana mantiene vínculos con sectores políticos y organizaciones que su administración considera radicales dentro de Estados Unidos. Estas afirmaciones corresponden a la posición expresada por el mandatario y no constituyen por sí mismas una conclusión independiente sobre esas organizaciones.

Respecto de México, Trump sostuvo que Washington busca mayor seguridad frente a los carteles y presentó su política regional como una defensa de los intereses estadounidenses. El discurso se produjo en un contexto de creciente presión de la Casa Blanca sobre los gobiernos latinoamericanos en materia de seguridad, narcotráfico y alineamientos estratégicos.

El regreso de una política de fuerza

El lenguaje empleado por Trump marca una defensa explícita del uso de la capacidad militar estadounidense como instrumento de política exterior en el hemisferio. Reuters describió la intervención como un intento de reafirmar la influencia y el predominio de Washington en la región, mientras que la Casa Blanca sostiene que se trata de proteger los intereses vitales y la seguridad de Estados Unidos.

La discusión internacional, por tanto, no se limita al combate contra el narcotráfico. También involucra los límites jurídicos al empleo de la fuerza, la soberanía de los Estados americanos y el alcance que tendrá la nueva política de seguridad de Washington. La propia ONU ha advertido anteriormente que el uso de la fuerza entre Estados debe analizarse bajo las obligaciones establecidas por la Carta de Naciones Unidas.

Una advertencia que alcanza a América Latina

El mensaje de Trump deja abierta la posibilidad de nuevas operaciones estadounidenses si su administración considera que existen amenazas contra los intereses nacionales de Washington en el hemisferio. No obstante, su declaración no identifica en ese discurso una nueva operación militar concreta ni anuncia una intervención inmediata contra otro país.

La diferencia será relevante para América Latina: mientras Washington presenta su estrategia como una política de seguridad frente al narcotráfico, el crimen organizado y otras amenazas, gobiernos y sectores políticos de la región deberán evaluar sus implicancias para la soberanía nacional, la cooperación militar y las relaciones con Estados Unidos. Por ahora, la advertencia de Trump coloca nuevamente el poder militar estadounidense en el centro de su política hacia el continente.

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Keiko Fujimori ante la ONU: califica al crimen organizado de “terrorismo”, plantea apoyo militar frente a amenazas internas y ratifica alianza regional con Trump

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La presidenta llevó a la Asamblea General de Naciones Unidas su nueva doctrina contra el crimen organizado: denominar terroristas a las redes criminales, ampliar el papel de las Fuerzas Armadas y profundizar la cooperación de seguridad con Estados Unidos.

Nueva York, 22 de setiembre de 2026.- La presidenta Keiko Fujimori convirtió su primera intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas en una exposición de su nueva estrategia de seguridad para el Perú. Este 22 de septiembre, ante la 81.ª Asamblea General, sostuvo que las organizaciones dedicadas al narcotráfico, la extorsión, la trata de personas, la minería ilegal y otras actividades ilícitas deben ser consideradas “grupos terroristas”.

No se trató únicamente de una descripción de la criminalidad existente. Fujimori planteó ante la comunidad internacional una nueva forma de interpretar la amenaza: sostuvo que el Perú enfrenta “otro tipo de guerra”, protagonizada por organizaciones que no tienen frentes de combate ni fronteras claramente delimitadas y que operan dentro de las propias poblaciones.

Del crimen organizado al “terrorismo”

La utilización del concepto de terrorismo para referirse a organizaciones criminales transnacionales constituye uno de los puntos de mayor alcance político de su discurso. Fujimori sostuvo que estas estructuras deben ser enfrentadas como enemigos del Estado democrático.

El planteamiento coloca en el centro una cuestión que trasciende el lenguaje político: qué consecuencias jurídicas tendría que determinadas organizaciones criminales sean formalmente consideradas terroristas y bajo qué legislación serían combatidas. La presidenta pidió precisamente un marco normativo que permita desarrollar esta estrategia.

Narcotráfico, minería ilegal, contrabando, trata, extorsión y asesinato fueron incluidos por Fujimori dentro de una amenaza común. Sin embargo, que una organización cometa delitos graves no determina por sí solo, jurídicamente, que pueda ser considerada una organización terrorista. Esa eventual calificación requeriría definiciones legales y criterios de aplicación concretos.

El siguiente paso: militares contra la amenaza interna

La segunda pieza de la propuesta es el papel de las Fuerzas Armadas. Fujimori pidió un marco normativo que permita que los militares apoyen a la Policía Nacional en la lucha contra estas organizaciones.

El planteamiento abre una discusión particularmente sensible en un país con la experiencia del conflicto armado interno: dónde termina la función policial y dónde comienza la intervención militar; qué reglas de uso de la fuerza se aplicarían; quién asumiría el control operativo y bajo qué circunstancias una organización criminal podría ser tratada como una amenaza de carácter militar.

La presidenta no planteó simplemente reforzar a la Policía. Su discurso vinculó la respuesta militar con la caracterización de determinadas organizaciones como “grupos terroristas”. Por ello, el debate que ahora corresponde al Ejecutivo y al Congreso no será únicamente presupuestal o operativo, sino también jurídico y constitucional.

La memoria de los años 90 vuelve al discurso de seguridad

Fujimori conectó esta nueva estrategia con la lucha contra Sendero Luminoso. Ante la ONU defendió a militares y policías que combatieron el terrorismo durante los años 90 y cuestionó que, 34 años después, algunos continúen enfrentando procesos judiciales.

La presidenta afirmó que en esos casos se habrían producido vulneraciones del debido proceso. Sin embargo, esa afirmación política no sustituye las decisiones de los tribunales ni permite asumir que todos los procesos contra integrantes de las fuerzas del orden presentan las mismas circunstancias.

La referencia tampoco fue casual dentro del discurso. Fujimori estableció una línea política entre aquella experiencia y la amenaza criminal que identifica actualmente: el Estado derrotó al terrorismo y ahora, según su planteamiento, debe utilizar nuevas herramientas para enfrentar a organizaciones que considera una amenaza equivalente en términos de seguridad nacional.

El “Escudo de las Américas” y el giro hacia Washington

El otro gran componente del discurso estuvo fuera del ámbito estrictamente interno. Fujimori ratificó la adhesión del Perú al “Escudo de las Américas”, iniciativa regional de coordinación contra el crimen transnacional impulsada por Estados Unidos durante la administración de Donald Trump.

La presidenta presentó la incorporación como una muestra del “decidido compromiso” peruano de trabajar con socios regionales frente a una amenaza de “altísima prioridad”. De esta manera, la estrategia contra el crimen organizado quedó vinculada a una política exterior de mayor cooperación en seguridad con Washington.

El mensaje de Nueva York refuerza así una coincidencia entre la política interna y la política exterior de su Gobierno: más herramientas militares y policiales dentro del país y mayor coordinación de seguridad con Estados Unidos fuera de sus fronteras.

La otra agenda: educación, economía y “agendas impuestas”

Fujimori no limitó su discurso a la seguridad. Presentó también los resultados que su Gobierno atribuye a la economía peruana y defendió una reforma educativa que incluye infraestructura, herramientas digitales, fortalecimiento docente y formación de directores.

La presidenta vinculó la educación con la prevención del crimen y sostuvo que las deficiencias del sistema educativo pueden convertirse en factores que alimenten la criminalidad. Su argumento coloca a la escuela como uno de los espacios desde los cuales el Estado pretende disputar terreno a las redes delictivas.

En el tramo político y cultural de su intervención, Fujimori cuestionó las que denominó “agendas impuestas”, a las que atribuyó división social, debilitamiento institucional y afectación de la familia. Frente a ello, reivindicó la libertad individual, las tradiciones, la familia, la igualdad ante la ley, la dignidad humana y el debido proceso.

Una doctrina de seguridad que ahora deberá pasar por el Congreso

El discurso ante la ONU deja planteada una hoja de ruta que todavía debe traducirse en decisiones concretas dentro del Perú. La denominación de organizaciones criminales como terroristas, la participación de las Fuerzas Armadas en apoyo de la Policía y las reglas bajo las cuales podrían actuar requieren definiciones normativas y operativas.

Por eso, el punto central después del discurso no será solamente qué dijo Fujimori en Nueva York, sino qué medidas presentará su Gobierno en Lima para convertir esas declaraciones en política pública. El alcance de la intervención militar, la definición de las organizaciones que serían consideradas terroristas y las garantías aplicables durante las operaciones serán parte del debate.

Desde Nueva York, la presidenta presentó su respuesta al crimen organizado como una política de seguridad nacional y la conectó con una alianza regional impulsada por Washington. Ahora, esa propuesta deberá enfrentar su prueba decisiva en el ámbito interno: convertir una nueva definición política del enemigo en normas, operaciones y controles compatibles con el Estado de derecho.

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