Lima, 13 de octubre de 2025.– En un contexto de crisis política y creciente malestar ciudadano hacia el Gobierno, un grupo de gobernadores regionales, varios de ellos investigados por corrupción y ligados…
Columnas
Expresidentes en penal Barbadillo: ¿Cortina de humo de José Jerí para tapar Chifagate y visitadoras?

La requisa efectuada por el Instituto Nacional Penitenciario (INPE) en el penal de Barbadillo los días 8 y 9 de febrero de 2026, que expuso la existencia de electrodomésticos y equipos electrónicos de uso personal en las celdas de ex presidentes Pedro Castillo, Ollanta Humala, Martín Vizcarra y Alejandro Toledo, ha sido difundida de forma inmediata y con amplio despliegue mediático. Si bien el INPE presentó el operativo como una acción rutinaria para hacer cumplir el reglamento penitenciario —que restringe estrictamente el ingreso de bienes individuales no autorizados—, su coincidencia temporal con los escándalos que afectan al presidente interino José Jerí genera interrogantes sobre la neutralidad de la institución y el posible uso político de la información.
Desde el punto de vista constitucional, el Ejecutivo administra el sistema penitenciario a través del Ministerio de Justicia, pero debe actuar con estricta sujeción a la ley y sin incurrir en interferencias que vulneren la separación de poderes (artículo 43 de la Constitución). La exposición selectiva de imágenes y detalles de las celdas —incluyendo refrigeradoras, microondas, televisores y bicicletas estáticas— podría contravenir el derecho a la intimidad de los internos (artículo 2, inciso 7) y el principio de reserva en ciertas actuaciones administrativas, al tiempo que genera un juicio público sin proceso formal. Esta práctica, si responde a instrucciones con motivación política, compromete la imparcialidad que debe regir toda función pública.
Jurídicamente, el reglamento del INPE prohíbe expresamente el uso individual de aparatos electrónicos salvo autorización expresa del Consejo Técnico Penitenciario, pero la requisa no ha derivado —hasta el momento— en sanciones inmediatas ni en procedimientos disciplinarios transparentes contra quienes permitieron previamente dichos bienes. En su lugar, la difusión masiva de los hallazgos ha creado un escenario de prejuzgamiento que afecta la presunción de inocencia y el derecho a la igualdad ante la ley (artículo 2, inciso 2). Si se demuestra que el operativo o su amplificación mediática obedecen a fines distintos al control penitenciario, podría configurarse una infracción al artículo 146 de la Constitución, que exige independencia y exclusividad en el ejercicio de funciones públicas.
En un contexto de profunda crisis institucional —marcado por la sucesión presidencial acelerada, la persistencia de la violencia y el sicariato en Lima y otras ciudades, y la baja aprobación del Ejecutivo—, el empleo de temas penitenciarios como elemento de distracción representa un retroceso en el Estado de derecho. La Constitución obliga al Estado a promover el bienestar general fundado en la justicia (artículo 44), no en maniobras que profundicen la desconfianza ciudadana hacia las instituciones. El Poder Judicial y el Tribunal Constitucional han sostenido en reiterada jurisprudencia que cualquier intromisión en competencias ajenas altera el equilibrio de poderes; por ello, resulta indispensable una investigación independiente sobre el origen, la ejecución y la difusión de esta requisa.
La situación actual evidencia la fragilidad del orden constitucional en Perú, donde la polarización y la inestabilidad facilitan el uso instrumental de dependencias estatales para fines coyunturales. Restablecer la credibilidad institucional exige que el Ejecutivo se someta rigurosamente a la norma, evite instrumentalizar entidades como el INPE y permita que los órganos de control —Fiscalía, Contraloría y Congreso— actúen sin presiones externas. De persistir estas prácticas, se perpetuará un ciclo de descrédito que socava los fundamentos mismos de la democracia representativa y el Estado de derecho.
Columnas
Alianza de partidos de centro derecha pretende suplantar liderazgos socialistas y del campo popular

A menos de un año de las elecciones generales de 2026, varios partidos que se autodefinen como progresistas o socialdemócratas —Nuevo Perú, PTE-Perú, Primero la Gente y Voces del Pueblo, entre otros— han anunciado su propósito de forjar una “gran convergencia democrática” para enfrentar a las fuerzas liberales y conservadoras. En sendos comunicados aseguran compartir una agenda: el cambio constitucional y una supuesta sintonía con el “Perú profundo”. Sin embargo, los hechos y el historial de sus dirigentes sugieren que prima la estrategia de posicionamiento electoral por encima de una convicción ideológica auténtica.
Un discurso sin raíces
Los líderes de esta alianza insisten en la necesidad de una nueva Constitución “desde abajo”, pero sus alianzas, declaraciones y candidaturas no conectan con las demandas reales del campesinado, los trabajadores o los movimientos populares. Figuras como Verónika Mendoza, Marisol Pérez Tello, Miguel Del Castillo, Alfonso López-Chau y, más recientemente, Guillermo Bermejo, se han movido entre el progresismo limeño y los ámbitos académicos o tecnocráticos, sin presencia sostenida ni organización de base en las zonas rurales.
El caso más ilustrativo es Nuevo Perú, que acaba de presentar como precandidato presidencial a Vicente Alanoca, académico puneño cuyo discurso se sitúa sorprendentemente en el centro-derecha pese a su origen altiplánico. Analistas coinciden en que su figura no logra representar ni movilizar al históricamente combativo sur andino ni al electorado campesino, que aún recuerda las promesas incumplidas de la “falsa izquierda limeña”.
Candidaturas propias: síntoma de fragmentación
Aunque estos partidos exploraron una alianza unitaria, las desconfianzas mutuas, el personalismo y las divergencias estratégicas frustraron la consolidación. Primero la Gente quedó debilitado tras la salida de Susel Paredes y Flor Pablo, mientras que Ahora Nación —liderado por el rector López-Chau— se retiró del proyecto, revelando su incomodidad ante la falta de claridad política del bloque.
La precandidatura de Alanoca es reveladora: Nuevo Perú prefiere apostar por un camino propio antes que ceder espacio a un frente fragmentado y sin liderazgo legítimo. Más que una apuesta ideológica, la maniobra parece una retirada táctica para evitar hundirse con una coalición fallida.
¿Una izquierda sin pueblo?
La izquierda limeña —en la práctica, funcional al capital— carga con una paradoja: pretende hablar en nombre del pueblo sin construir poder real junto a él. Se proclama portavoz del cambio estructural, pero sigue atrapada en ONGs, aparatos estatales, universidades y consultoras, sin generar cuadros con conciencia de clase ni estructuras populares en barrios, comunidades o sindicatos.
Ante esta desconexión, sectores populares menos ideologizados miran hacia otras opciones —desde el etnocacerismo hasta expresiones de nacionalismo, regionalismo y populismo andino-amazónico— que, con todos sus riesgos, al menos se organizan desde el territorio y no desde el eslogan.
El riesgo de la suplantación
La sustitución de los liderazgos populares y de la izquierda socialista por figuras “progresistas” o “caviares” no solo debilita a la izquierda de base como alternativa para 2026, sino que incrementa la antipatía ciudadana hacia la política. Si el discurso de cambio se vacía de contenido, el vacío será ocupado por propuestas autoritarias o abiertamente reaccionarias y neofascistas.
En la recta final hacia las elecciones, la auténtica disputa no será entre derecha e izquierda, sino entre quienes construyen poder popular consistente y quienes solo buscan reciclar discursos para engrosar sus listas parlamentarias.
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